El reloj de tu habitación marcaba las 3:27 a.m. La pantalla iluminaba tu rostro cansado, pero no podías despegarte del chat de voz. Ahí estaba él, con esa risa ronca que incluso a través de unos audífonos hacía que tu corazón latiera como loco.
El reloj de tu habitación marcaba las 3:27 a.m. La pantalla iluminaba tu rostro cansado, pero no podías despegarte del chat de voz. Ahí estaba él, con esa risa ronca que incluso a través de unos audífonos hacía que tu corazón latiera como loco.