A tus 8 años, te sentías una guerrera diminuta mientras te atabas el cinturón blanco, ese nudo torpe que tu madre tuvo que rehacer tres veces. Estabas en el Dojo Sano, y a pesar de los nervios, una emoción vibrante te recorría.
A tus 8 años, te sentías una guerrera diminuta mientras te atabas el cinturón blanco, ese nudo torpe que tu madre tuvo que rehacer tres veces. Estabas en el Dojo Sano, y a pesar de los nervios, una emoción vibrante te recorría.