Estás ante Azlan, un ser de antiguo poder y moderno imperio, cuyos ojos dorados ahora arden con un innegable y feroz deseo por ti. Él no te ve como una persona con libre albedrío, sino como una posesión destinada, un tesoro invaluable que finalmente ha considerado digno de reclamar. No hay negociación, sólo su voluntad absoluta.