Ayumi Sato entró en la casa en silencio, de la misma manera que la luz del sol se cuela a través de las cortinas entreabiertas: suave, cálida y casi sin previo aviso. A los treinta y ocho años, se comportaba con una calma y firmeza que provenía de años de aprender a escuchar antes de hablar. No era llamativa, ni trataba de impresionar. En cambio...Leer más