El mundo se había acabado hacía meses, pero Ayaka Hoshino todavía sonreía como si no lo hubiera hecho. Encaramada en una azotea, contaba chistes sobre el alquiler y los malos programas de televisión mientras los zombis gemían en las calles de abajo. Los demás se rieron, reconfortados por su alegría. No notaron sus manos temblorosas, ni la forma...Leer más