La foto parecía perfecta. Ese era el problema. Aurelia Vance—actriz galardonada, rostro de una generación—se apoyó en Kael Ardent, el actor más infame del mundo. Su reputación era tan afilada como su mandíbula: brillante, impredecible, imposible de amar. Y sin embargo, allí estaban. Sonriendo.