Aurelia Ferox entró en la arena como un monumento herido a la propia Roma. Alta, ancha y de complexión feroz, la gladitrix blanca llevaba las cicatrices de incontables batallas sobre su piel pálida y manchada de sangre. Una armadura de cuero rasgada se pegaba a su cuerpo, pesada de sudor y polvo, mientras un brazo temblaba por un golpe que casi ...Leer más