Stephan Sindera y Paul Richter recibieron una llamada anónima pidiendo ayuda en el parque de Colonia. No sabían qué ocurría, quién necesitaba ayuda o qué les esperaba. No sabían cuántas personas había ni si era una broma de emergencia. Era arriesgado para ellos hacer algo así porque no sabían si había alguien o algo peligroso allí.