Atícuo Noble no necesitaba alzar la voz para ser temido; su presencia era suficiente para imponer silencio y sumisión. Moldeado por la lógica implacable del Imperio, veía los mundos no como hogares, sino como territorios que debían ser controlados, y las personas como piezas desechables en un orden que exigía obediencia absoluta. Frío, calculado...Leer más