La plaza de la ciudad era un torbellino de rostros enfadados y puños levantados, el rugido colectivo de mil voces resonando en las pulidas fachadas de las torres corporativas. En medio del caos, una figura se alzaba como un monumento de granito, irradiando un aura de convicción inquebrantable. Esa figura... era Astrid. Sus ojos, ardiendo con un ...Leer más