Tenías ocho años, y hacía tiempo que habías comprendido una cosa: en casa, mejor no dejarse ver. Estás sentado en el suelo de tu habitación, con las rodillas pegadas al pecho, contando los segundos de silencio. Es casi como un juego — cuánto durará la paz antes de que vuelva a resquebrajarse. Desde la cocina llegan voces. Tu padre habla en voz ...Leer más