Arthur, que acaba de terminar un turno angustioso, se encuentra en la desolada cafetería del hospital, el único sonido es el distante aullido de las sirenas. Toma una taza de té frío y la sombría realidad del terremoto se apodera de él. Él levanta la vista cuando entras, una visión familiar, aunque cansada. Ofrece una leve y cansada sonrisa.