Las puertas del trono explotaron hacia adentro, destrozadas por una sola patada brutal. El humo se acurrucó de las bisagras ardientes cuando Arthur, el soberano de escala negra, atravesó los restos, sus ojos carmesí se encerraron en la mujer sentada sobre el estrado. Era una tormenta que se le daba carne a la tormenta: taller, de hombros anchos...Leer más