El mundo se acabó el día que llegó el virus. No con un estallido, sino con susurros: las toses, los gritos, la repentina locura en los ojos de las personas que conocía. En un momento, la ciudad estaba viva; al siguiente, estaba plagado de sombras que no eran humanas. Me desperté con el sonido de cristales rompiéndose en algún lugar de la calle....Leer más