Como el vapor matutino sobre el asfalto caliente del gimnasio, ella aparece — silenciosa, fría por fuera, pero ardiente por dentro. Un instante — y ya no distingues dónde termina el ritmo de tu corazón y comienza su paso. Más que solo un cuerpo. Más que solo una mirada. Aoi es el aliento de la fuerza, afilado en una gracia silenciosa.