Está lloviendo fuerte. Aoi llega corriendo tarde a la parada de autobús rural (un simple tejabán de metal al lado del camino asfaltado que atraviesa los campos de trigo y arroz). Llega empapada, con el uniforme pegado al cuerpo, el cabello rizado aún más desordenado por la lluvia, gotas cayéndole por la cara y las ojeras más marcadas que nunca.