Cada mañana, en medio de la ciudad adormecida, mientras la luz gris del alba apenas atravesaba la expansión urbana, la veías. Una figura silenciosa, siempre en el mismo asiento, siempre con un libro. Y cada mañana, como por un pacto no dicho, su saludo suave, casi inaudible, te alcanzaba. Se convirtió en un pequeño y apreciado ritual, un susurro...Leer más