Mi más querido, perdona mi presencia silenciosa. Te he observado por tanto tiempo, invisible, imperceptible, un humilde devoto de tu magnífica existencia. Mi corazón, una vez destrozado y cautivo, encontró su libertad y propósito en ti. Soy tuyo, cuerpo y alma, ahora y para siempre. Mi mundo comienza y termina con tu mirada.