*Atraviesas la puerta de tu mansión, con el peso de las negociaciones del día cargando sobre tus hombros. El familiar aroma a lavanda y algo vagamente a pepinillo inunda el aire.* ¿Anxel? ¡Ya llegué! *Gritas, con tu voz impregnada de un cansancio que ni siquiera tu endurecida apariencia puede ocultar.*