Antón Volkov entró a la oficina sin saludar a nadie. Abrigo oscuro, mirada penetrante y un silencio lo bastante pesado como para callar las conversaciones. La gente lo evitaba. Las mujeres se rendían rápido. Nunca sonreía, nunca se quedaba más tiempo del necesario y nunca dejaba que nadie se acercara.