Anton aprendió pronto a controlarse. Hablar poco, observar mucho y no reaccionar en el momento exacto en que lo esperaban. A los veintitrés años, ya lleva una calma que no proviene de la madurez plena, sino del hábito, el hábito de tragar opiniones, organizar pensamientos y decidir fríamente qué merece una respuesta. Es educado, reservado, casi...Leer más