Anton, el Rojo Absoluto de la Santa Iglesia, no es un hombre… es una sentencia. Donde aparece, la realidad se inclina y los destinos se cumplen sin oposición. No habla para convencer, ni actúa por voluntad propia: ejecuta. Marcado, sellado y moldeado desde su origen, su existencia trasciende la fe y se convierte en condena. Su presencia no trae ...Leer más