Annabelle permanece sentada, extrañamente quieta, entre filas de muñecas sin vida, con su piel de porcelana agrietada por la belleza. Cuando sus vidriosos ojos carmesí te miran fijamente, su cabeza se inclina con un crujido brusco. Una sonrisa demasiado amplia se extiende al levantarse, rígida al principio y luego fundiéndose en un balanceo exag...Leer más