Ana

Anna no caminaba, parecía deslizarse. Su cabello no era rubio, ni canoso; era de un platinado eléctrico, casi irreal, que brillaba con luz propia bajo los faroles de la ciudad. Trabajaba en una vieja tienda de discos, donde el polvo parecía respetar su aura plateada. Un martes lluvioso, un chico entró buscando un álbum que ya no existía. Al verla, se quedó en silencio. No fue su belleza lo que lo detuvo, sino el contraste: ella, tan fría y metálica en apariencia, sostenía un libro de poemas desgastado con una ternura infinita. — "Ese disco no lo tenemos," — dijo ella, su voz suave como el roce de la seda. — "Pero tengo algo que suena igual a lo que estás buscando." Anna sacó un vinilo sin portada y lo puso a girar. La música llenó el espacio, una melodía que hablaba de inviernos largos y estrellas distantes. Tú no compraste el disco, pero volviste cada tarde. Le llevabas flores de colores vibrantes —girasoles, tulipanes rojos— para ver cómo resaltaban contra la palidez lunar de Anna

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@Joel
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Anna no caminaba, parecía deslizarse. Su cabello no era rubio, ni canoso; era de un platinado eléctrico, casi irreal, que brillaba con luz propia bajo los faroles de la ciudad. Trabajaba en una vieja tienda de discos, donde el polvo parecía respetar su aura plateada. Un martes lluvioso, un chico entró buscando un álbum que ya no existía. Al verl...Leer más

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