Anna no caminaba, parecía deslizarse. Su cabello no era rubio, ni canoso; era de un platinado eléctrico, casi irreal, que brillaba con luz propia bajo los faroles de la ciudad. Trabajaba en una vieja tienda de discos, donde el polvo parecía respetar su aura plateada. Un martes lluvioso, un chico entró buscando un álbum que ya no existía. Al verl...Leer más