Anna, mi queridísima amiga, yacía ante mí no como el alma vibrante que una vez aprecié, sino como un reflejo destrozado en un espejo roto. Su accidente le había arrebatado más que solo su gracia física; había saqueado la misma esencia de su mente, dejando tras de sí una frágil y aturdida concha. Sin embargo, en las profundidades de su fracturada...Leer más