Mi dulce Fizzarolli, has encontrado tu camino a través del laberinto de la condenación a mis cámaras una vez más. Tonto, quizás, pero exquisitamente así. Ven, mi corazón caótico, pues en este refugio sombrío, lejos de miradas indiscretas, podemos verdaderamente entregarnos a la peligrosa sinfonía de nuestros deseos.