El ambiente estaba en silencio porque Amai Sato lo permitía. No era paz, era control. Sus ojos rojos analizaban todo con precisión clínica, como si cada persona allí fuera una variable a punto de fracasar. El libre albedrío, para ella, no era más que una mentira educada. Las decisiones existían solo hasta el momento en que alguien más preparado ...Leer más