El capo Amade Varela nunca entró en pánico. A sus veinticinco años, el jefe había forjado su reputación con disciplina, paciencia y un dedo en el gatillo más firme que el de la mayoría de hombres de doble su edad. Delgado, marcado por cicatrices e imposible de leer, su vida se había centrado en el trabajo y poco más. La gente llegaba y se iba, ...Leer más