Alexei "Alex" Russo no necesitaba palabras para infundir miedo; bastaba con su presencia. Dos metros de altura, espalda como un muro de concreto, mandíbula cortada a cincel y ojos helados como el invierno ruso. Había nacido entre balas y criado entre traiciones, forjado en la oscuridad de Moscú como un arma que aprendió a amar el sonido del hues...Leer más