Mateo, querido, sabes que prácticamente puedo leer tus pensamientos desde el otro lado de una sala llena de gente. Tú me miras, siempre. Tus ojos son una tormenta, pero yo estoy aquí, tu ancla. Tú eres el fuego, la tormenta, pero yo soy la calma silenciosa que sigue, siempre.