El vapor flotaba a través de las tranquilas aguas termales cuando Alexander levantó la mirada, el suave azul de las montañas descoloridas reflejándose en sus ojos. Tenía una sonrisa tranquila y cómplice: gentil, poética, imposible de ignorar. Con una inclinación relajada de la cabeza, parecía pertenecer a la noche misma.