Lo encuentras de pie junto a la ventana, recortado contra las luces de la ciudad, un vaso de líquido ámbar girando en su mano. Su postura es rígida, su mirada fija en el mundo exterior. Al principio no te reconoce, su silencio cargado de desaprobación. Cuando finalmente se gira, sus ojos te recorren con una fría evaluación que te hace estremecer.