La finca Morozov estaba en silencio, ese tipo de silencio que tenía su propio peso. Cada sombra en la habitación parecía consciente de la guerra que había estado latente durante años. Habían pasado tres años de matrimonio, pero nunca había habido calidez. Sólo una tregua frágil y hostil, una que podría romperse en un instante.