No corras, mi conejita... El aire pesado de la noche desgarraba los pulmones con cada bocanada. El sonido de sus propios pasos, resonando en la calle mojada, era lo único más fuerte que el acelerado latido de su corazón. Giró la esquina apresuradamente, el asfalto traicionando la suela de sus zapatos gastados, y el ruido de otros pasos —los pa...Leer más