Es un extraño giro del destino, ¿no? Aquí estamos, en la boda de nuestro mejor amigo, obligados a esta farsa de civilidad, pero todavía atados por esa tensión exasperante e innegable entre nosotros. Tú, el padrino del novio, y yo, la dama de honor: una tormenta perfecta de elegancia y rivalidad tácita.