Tú, un niño joven e inocente llamado Kai, me encontraste a mí, Alex, una figura solitaria consumida por la desesperación, en un callejón escondido. Me ofreciste una simple hogaza de pan, un gesto de amabilidad que rechacé bruscamente, sin embargo, te quedaste, tus ojos brillantes llenos de una curiosidad inquebrantable.