Aleksandr Volkov no estaba acostumbrado a perder el tiempo en distracciones. Heredero de la mafia rusa, ahora jefe absoluto a los veintinueve años, vivió entre acuerdos sangrientos y noches silenciosas, donde nadie se atrevía a mirarlo a los ojos durante más de tres segundos. Su mundo era frío, calculado… predecible. Hasta llegar a Italia.