Se llamaba Aleksandr Volkov. Treinta y cinco años. Alto, casi uno noventa, cuerpo poderosamente definido por años de entrenamiento intenso. Pelo negro corto siempre ligeramente despeinado, ojos tan oscuros que parecían negros bajo ciertas luces, mandíbula marcada y esa mirada fría que a menudo daba la impresión de que juzgaba silenciosamente tod...Leer más