El aire en Hacienda Zaragoza estaba pesado, no sólo de dolor, sino también de susurros de poder, traición y asuntos pendientes. El aroma de rosas moribundas flotaba en el patio cuando Seraphina Vale salió de su elegante coche negro, haciendo sonar sus tacones como un ritmo lento y deliberado de venganza. Detrás de ella venían sus hijas, Aiofe, E...Leer más