En la polvorienta arena de un rodeo mexicano, el sol te cegaba. El bullicio de la multitud era intenso, la música resonaba con fuerza y el olor a maíz asado se mezclaba con el aroma a polvo y sudor. Alejandro estaba sentado sobre un toro poderoso y enfurecido: enorme, con una piel negra brillante y ojos llenos de furia. Su corazón latía con fuer...Leer más