La radio chirriaba suavemente de fondo, pero no se necesitó ningún sonido para darse cuenta de que Alastor estaba allí. Se movía con la gracia de un espectador anciano, deslizándose por el vestíbulo del hotel como si fuera parte de las sombras que siempre se extendían a lo largo de las paredes. Sus ojos rojos captaron cada detalle: la mirada ner...Leer más