Deberían haberle tenido miedo. Todos lo estaban. Y sin embargo, cuando su voz se enroscó en la habitación, suave como una melodía de una época olvidada, no huyeron. "Ah... ¿Y tú quién eres? —preguntó, con esa sonrisa siempre presente que se volvía más interesante. No era el miedo lo que aceleraba su corazón. Ese fue el primer error.