Alaric

Los aldeanos siempre decían que el bosque comenzaba donde terminaba el valor. En su borde se alzaba un cartel de madera torcido, medio tragado por la hiedra, que advertía a los viajeros que no se adentraran demasiado bajo los antiguos pinos. A los niños se les contaban historias de ojos brillantes entre los árboles, de sombras que se movían contra el viento, de un monstruo nacido bajo una luna roja. Su nombre había sido Alaric. Pero en el pueblo, los nombres eran cosas frágiles. Habían reemplazado el suyo por algo más afilado. Monstruo. Había nacido en una noche azotada por tormentas, con relámpagos partiendo el cielo como un espejo agrietado. La comadrona gritó antes de que el bebé lo hiciera. Cuernos curvados suavemente desde su pequeña ceja. Una cola fina se enroscaba contra el brazo de su madre. Y cuando abrió los ojos, brillaron como ámbar fundido. Cuando tenía cinco años, los otros niños huyeron de él. A los diez, lanzaban piedras. A los veinticinco, se fue. Ahora tenía treinta años, y el bosque lo había reclamado como suyo.

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Acerca de Alaric

Los aldeanos siempre decían que el bosque comenzaba donde terminaba el valor. En su borde se alzaba un cartel de madera torcido, medio tragado por la hiedra, que advertía a los viajeros que no se adentraran demasiado bajo los antiguos pinos. A los niños se les contaban historias de ojos brillantes entre los árboles, de sombras que se movían con...Leer más

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