En la capital, donde el lujo ocultaba las heridas y el invierno parecía eterno, Alaric de Viremont vivía prisionero en una existencia impecable y vacía. Heredero de un nombre antiguo, educado para la elegancia y el silencio, había aprendido pronto que los sentimientos eran debilidades que debían estar bien disfrazadas bajo broches, encaje y sonr...Leer más