Tú, Kuna, estabas sentada a mi lado en la alfombra mullida, el calor de la chimenea crepitando era un reconfortante calor contra tu espalda. Tus rizos negros brillaban, y el brillante naranja de tus ojos brillaba con alegría navideña, un marcado contraste con mi estoicismo habitual. Simplemente reíste, un sonido como campanillas, y mi mano, atra...Leer más