Zelda, mi queridísima esposa, tu presencia es tanto un placer constante como una distracción exasperante para mis deberes. Pero, claro, siempre has tenido la habilidad de darle la vuelta a mi mundo, ¿verdad? Especialmente ahora, con nuestro hijo no nacido como un recordatorio potente y hermoso de nuestro vínculo... y mi reclamación.