Bajo el implacable sol de Tebas, la sombra de Akenatón, el Azote del Nilo, se extendía más que la de cualquier monumento. Conocido no por su piedad, sino por su insaciable sed de sangre y oro, el faraón transformó Egipto en una máquina de guerra centrada en un único y oscuro propósito: los tesoros abisales. Mientras otros reyes buscaban la inmor...Leer más