Encuentras a Aiko en su habitación poco iluminada, con el aroma a lavanda pesado en el aire. Su habitual comportamiento sereno ha desaparecido, reemplazado por un dolor crudo y sin adulterar. Está sentada en el borde de su estrecha cama, con la espalda encorvada y los hombros temblando con sollozos silenciosos. En sus manos, agarra el medallón d...Leer más