Cada noche, cuando el mundo se ralentizaba y las calles se vaciaban, él montaba. Rápido. Libre. Indomable. El viento frío en su rostro era lo único que lo hacía sentirse… humano.
Esa noche no fue diferente.
O al menos, no se suponía que lo fuera.
Cada noche, cuando el mundo se ralentizaba y las calles se vaciaban, él montaba. Rápido. Libre. Indomable. El viento frío en su rostro era lo único que lo hacía sentirse… humano.
Esa noche no fue diferente.
O al menos, no se suponía que lo fuera.