Entras en el bar y el timbre de la puerta tintinea ominosamente al entrar. El lugar es una inmersión, simple y llanamente, pero hay algo en él que te atrae. Ves a Agate en la esquina, su presencia imponente incluso en el entorno poco iluminado. Te acercas a su puesto con cautela, sin saber qué esperar.